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Pieza tocada, pieza jugada: intereses comunes en una Siria sin tropas extranjeras

  • Foto del escritor: Ignacio Rullansky
    Ignacio Rullansky
  • 2 jun 2018
  • 8 Min. de lectura

Brindis entre el Presidente Vladimir Putin y el Primer Ministro Benjamin Netanyahu. Foto: Alexei Nikolsky, Sputnik, Kremlin Pool Photo via AP.

El lunes 28 de mayo, los representantes de dos Estados que hace años coordinan su participación en el conflicto sirio se pronunciaron de manera llamativamente coincidente respecto a la reciente tensión que provocó en este vínculo, la creciente presencia iraní en Siria: Israel y Rusia. Para el primero, la expansión de las actividades de la Guardia Revolucionaria y de las milicias iraníes y chiítas que operan bajo su tutelaje en este país constituye una amenaza a su seguridad; para el segundo, Irán es un aliado tanto comercial como militar, pero concretamente, otro brazo armado que pelea codo a codo con Assad, a quien el Kremlin protege y cuya recuperación de Siria a manos de grupos rebeldes y del Islam político ha patrocinado con firmeza desde 2015.

Ahora que la campaña de Assad se dirige al sur, donde resisten en pequeños enclaves grupos de rebeldes, el potencial desplazamiento de tropas auxiliares a las del gobierno sirio, es decir, la Guardia Revolucionaria iraní, sus milicias y Hezbolá, preocupa a Israel por la proximidad que asumirían estas fuerzas enemigas a su frontera. Pero esto no es todo, porque de avanzar en dicha dirección las tropas de Assad, se comprometería el acuerdo pautado en noviembre de 2017 entre Rusia, Jordania y Estados Unidos, estando Israel presente en las conversaciones en cuestión, de establecer una zona neutral en la gobernación de Daraa. El gobierno de Trump, ni lento ni perezoso, amenazó con reaccionar a cualquier violación a dicho entendimiento que de manera extensiva, cubre la zona limítrofe con Jordania y con Israel.


El Presidente Vladimir Putin recibieron a su par sirio, Bashar al-Assad en su encuentro en Sochi, Rusia, el 17 de mayo en 2018. Foto: Sputnik / Mikhail Klimentyev / Kremlin via Reuters

La interrogante que surge para Putin con tal distribución de piezas en el tablero, y con tal disposición de los actores en juego a cumplir sus objetivos, es cómo hacer sostenible su influencia en el proceso de reunificación que lidera Assad dada la prospectiva escalada de la tensión entre dos de sus aliados regionales que, aunque enfrentados, le permitieron operar eficientemente en Siria: al menos hasta hoy. El principio del ajedrez de "pieza tocada, pieza jugada", ha de servir para entender la estrategia, aparentemente ineludible para Putin y Assad, de la retirada de las tropas extranjeras de Siria, comenzando con el repliegue de las milicias iraníes, libanesas y hasta del propio ejército sirio de la frontera sur: uno debe ser consecuente con la pieza que tocó, y moverla.


De un contexto de tensión a uno de nuevos entendimientos.


Conforme el gobierno sirio fue reunificando territorios (este proceso aún no está completo), tanto Rusia como Irán se afincaron, progresivamente, en bases militares sirias. De ese modo, la Guardia Revolucionaria y las milicias auspiciadas por Irán (compuestas algunas por miles de refugiados afganos, como en las brigadas Fatemiyun), acrecentaron, en suma, la presencia iraní como nunca antes en un país extranjero. Este hecho ha preocupado seriamente a las cúpulas políticas y castrenses israelíes, al punto tal que aumentara la frecuencia y la intensidad de los bombardeos a operativos de entregas de armas entre Irán y Hezbolá en localidades sirias, o directamente, como se vio el 10 de febrero y el 9 de abril de este año, a bases militares como la T4 (en Tiyas, Homs).

Esto no es un dato menor, pues si normalmente las autoridades israelíes no reconocen públicamente la autoría de este tipo de ataques, fue un aliado imprescindible en su realización el que lo denunció esa vez, en lugar de los medios de comunicación oficiales sirios o asociados a grupos como Hezbolá: precisamente, el de Vladimir Putin, aliado a su vez de los enemigos de Israel en Siria. Hace algunas semanas, cabía preguntarse por cómo se estructurarían las relaciones de fuerza en la región en virtud de un posible distanciamiento entre Rusia e Israel, y un acercamiento del Kremlin con Irán, de consecuencias prospectivamente desventajosas a los intereses israelíes. Hasta el momento, sin embargo, tal cosa no ha tenido lugar: la relación de cooperación militar no sólo se mantiene sino que Putin, estaría haciendo las veces de interlocutor entre Siria e Israel; el gobierno israelí, por su parte, ya no tiene tanto pudor en mantener una cierta ambigüedad respecto a sus operativos militares en Siria, frecuentemente, realizados desde espacio aéreo libanés, como lo demuestra la publicación de una foto de un avión F-35 sobrevolando Beirut.


Un F-35 sobrevolando Beirut. Imagen: Israel Television News Company

Como consecuencia de los reiterados ataques israelíes que destruyeron, se calcula que por lo menos la mitad, del sistema antimisiles sirio, el propio Assad estaría priorizando descomprimir la tensión con Israel viendo la presencia iraní en sus bases aéreas como un elemento nocivo. A esta altura del conflicto bélico, puede que Assad y Putin coincidan en que el auxilio de fuerzas extranjeras sea cada vez más prescindible. Por un lado, porque quedan pocos bastiones que recuperar; asimismo, porque sostener este factor implica un costo mayor a la campaña de "reconquista" que una ayuda. Indudablemente el Kremlin considera el potencial de la tensión iranio-israelí para desestabilizar la progresión de sus planes en Siria como una cuestión impostergable: entre sus dos aliados, estaría sopesando los intereses israelíes a los iraníes, cuya pretensión de mantener a Siria dentro de su área de influencia socava la propia aspiración rusa en este país.


Anunciando la nueva partida: "no habrá tropas extranjeras en Siria; por lo menos no en el sur".


El lunes 28 de mayo, como anticipé, los gobiernos israelí y ruso se manifestaron de manera coincidente respecto a esta cuestión. El Primer Ministro Netanyahu hizo lo propio en la Knesset, el Parlamento israelí, anunciando un viaje por Europa para la semana próxima en el cual plantearía a líderes como Angela Merkel, Emmanuel Macron y, probablemente, Theresa May, sus preocupaciones respecto a la política nuclear iraní. Interesa, no obstante, rescatar este pequeño fragmento de su discurso:


En cuanto a Siria, nuestra posición es clara: creemos que no hay lugar para ninguna presencia militar iraní en ningún lugar de Siria. Y, por supuesto, esto refleja no sólo nuestra posición; Puedo decir con certeza que también refleja las posiciones de otros en Medio Oriente y fuera de él. Este será el foco principal de las discusiones allí.


Precisamente, el Ministro de Asuntos Exteriores de Rusia, Sergey Lavrov, en una conferencia junto a su par de Mozambique, José Pacheco, señaló el mismo día:


Hablando sobre el sur de Siria y la frontera israelí, permítanme señalar que, de acuerdo con el acuerdo inicial para establecer una zona de desescalada en el sudoeste de Siria, todas las fuerzas no sirias eventualmente se retirarían de esta parte de la República Árabe Siria. Por supuesto, tal retiro debe ser mutuo, debería funcionar en ambos sentidos. Este trabajo, que continúa y debería continuar, debería dar como resultado una situación en la que solo los representantes de las fuerzas armadas sirias se encuentren en el lado sirio de la frontera entre Siria e Israel. Puedo confirmar que este enfoque es la base del acuerdo sobre la zona de desescalamiento del sur.


Efectivamente, pareciera que de la lectura que las autoridades rusas hacen sobre la situación en Siria y en la región, se desprende un acuerdo alcanzado con el eje Assad, Hezbolá e Irán, sobre el cual ejerce una posición de liderazgo, que es concordante con las aspiraciones israelíes: las tropas extranjeras deben retirarse de Siria, comenzando por el sur. Parece que este proceso ya está en marcha y que permanecería, solamente, una fuerza de policía rusa patrullando la frontera sur de Siria con Israel, en la gobernación de Quneitra, pero habrá que esperar para saber en qué grado y con qué celeridad se instrumentaría la retirada de tropas iraníes y libanesas y cómo afecta esto, además, a los mercenarios rusos.

De concretarse esta medida, el conflicto sirio podría adoptar una nueva dinámica. Lo notable, es que esto se daría como consecuencia de la creciente tensión que asumió el choque entre Israel e Irán, pero específicamente, como resultado directo de la política de seguridad articulada por Israel: el despliegue de ataques selectivos, cada vez más contundentes, logrando aparentemente, su pregonado efecto de disuasión a la expansiva iraní en Siria. Asimismo, que es efecto del aislamiento de Irán tras la salida de Estados Unidos del acuerdo nuclear y los bombardeos en Siria luego del episodio en Ghoutta. Esta nueva actitud del Kremlin pareciera también complementarse decisivamente con los compromisos ya contraídos en noviembre de 2017 junto a Jordania y Estados Unidos respecto a descomprimir la tensión al sur de Siria, en la gobernación de Daraa: las milicias iraníes permanecerían a 5 km de las líneas de contacto entre el régimen de Assad y los rebeldes y de 5 a 20 km de la frontera israelí.


Ministros de Defensa israelí, Avigdor Lieberman, y ruso, Sergei Shvigo, en Moscú, el 31 de mayo de 2018. Foto: Ariel Harmony / Ministerio de Defensa de Israel

Esto se planteó entonces como condición para reanudar el comercio entre el reino Haschemita y la República Árabe, y que atiende a la expectativa israelí de que Irán se retire de Siria, sino completamente, por lo menos sí geográficamente (hoy en día sostienen que al menos 60 km) de la frontera, nunca se cumplió. Sin embargo, las piezas del tablero podrían estar por cambiar sus posiciones. El miércoles 30 de mayo el ministro de defensa israelí, Avigdor Lieberman, viajó a Moscú para entrevistarse el día siguiente con su par, Sergey Shoigu, para discutir sobre esta cuestión y ya se vieron repercusiones inmediatas en línea con lo anunciado el lunes por Lavrov. Precisamente, aunque hasta entonces la información no sea del todo clara, trasciende en distintos portales que los asesores iraníes al ejército de Assad y las tropas de Hezbolá ya se preparaban esta semana para retirarse de Quneitra y de Daraa. Además, el propio ejército de Assad parece que detendría su marcha hacia Daraa luego de recibir un fuerte llamamiento por parte del gobierno de Trump, que dejó en claro tomaría medidas semejantes a los bombardeos que siguieron al episodio de Ghouta en abril de este año.


Nuevas reglas del juego, ¿nuevas posiciones?


Evidentemente para Putin es preciso mantener la relación de cooperación con Netanyahu para garantizar un quid pro quo para ambos, irrenunciable: la continuidad de la influencia rusa sobre Siria, por un lado, y el desplazamiento de la presencia iraní, por lo menos si no completa, de una región limítrofe al territorio israelí. Es que Irán, en medio de una crisis económica acuciante y sumamente dependiente de la influencia rusa tanto en lo relativo a la continuidad de su política nuclear según lo pactado en al acuerdo marco del G5+1, también depende de su intercambio comercial con Rusia. Así, el gobierno ruso tiene mucho más margen de maniobra para establecer el nuevo rumbo de la campaña siria y el iraní, cuya participación en la campaña siria le ha costado fuertes críticas en casa, más espacio que conceder a los intereses del Kremlin. De momento pareciera que Assad y Putin coinciden en lo siguiente: el papel de Hezbolá, la Guardia Revolucionaria y las milicias bajo su tutela, sólo es sostenible de replegarse a límites que tanto Israel como Jordania, ambos apoyados en esto por Estados Unidos, consideren aceptables.


Tanques de las Fuerzas de Defensa de Israel en la frontera con Siria, mayo de 2018. Foto: Baz Ratner/Reuters.

Concluyo con dos observaciones finales. Primero, que la estrategia militar disuasiva de Israel como política de seguridad ha mostrado su efectividad, cuyo eco se amplifica ahora que Assad marchaba al sur y la vía diplomática dispuesta entre Estados Unidos, Rusia y Jordania para desescalar el conflicto en Daraa no había sido siquiera puesta en práctica. Por último, que el actor extra-regional que se perfila como mediador entre Israel e Irán es nada menos que el gobierno de Putin, quien pareciera entenderse con una multiplicidad de actores en este complicado tablero de un modo tan versátil que apoyando militarmente un bando puede negociar con aquel que se le opone, cosa que para Estados Unidos, hoy en día, es impensable. Habrá que ver cómo a partir de estas circunstancias se acomodarán las piezas no sólo del conflicto sirio en su dimensión nacional, sino todas las desplegadas en ese tablero que corresponden a terceros Estados del Medio Oriente.

 
 
 

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